sábado, marzo 13, 2010

Adioses

Adiós querido hijo Martín.

(El miércoles lo voy a dejar a Baires... y vuelvo solo).


Sé que sabrás...

Nada sé, en verdad.

Mucha fe en ti, hijo querido... Y en que el camino que tomas te servirá de mucho para ser feliz.

Siempre estaré contigo.

viernes, mayo 15, 2009

Valor agregado (Parte II y final)

Aquella tarde no encontramos fósiles porque no los buscamos con dedicación, pero la vastedad del escenario, la cara rojiza-marciana del desierto de Atacama, y la soledad silenciosa sólo acompañada del eco de nuestras pisadas en los desfiladeros, hicieron hablar a René Ganoza:
-Es por la tierra.
-¿Me dice, ganchito?
-Es por la tierra en el pulmón, la cantidad de silicosis que tengo.
Ahí se me aclaró la película. En el sindicato nos habían explicado que la empresa estaba en la obligación de reubicar a los mineros que tuvieran determinados porcentajes de silicosis, en tareas en la superficie, generalmente administrativas y de oficina. A los más complicados les propondrían un plan de egreso muy ventajoso y deberían emigrar del campamento, a sobrevivir lejos del polvo de la mina. De la “tierra en los pulmones” como le decíamos los viejos.

Con sus habituales pocas palabras, que durante la jornada de desierto, caminata y cervezas, fueron siendo más, Ganozita, el mismo ganchito René Ganoza que cuatro años atrás había arriesgado su vida para salvar la mía cuando pasó lo del derrumbe en la mina, me fue sorprendiendo más y más.
-Quiero salir de la mina, gancho –me dijo. Y al ver mi asombro reveló antecedentes de que ya no disfrutaba del trabajo de minero que había desempeñado por casi 35 años–. No es lo mío.
Pero quería seguir trabajando en la empresa para permanecer en el campamento, en el pueblo sagrado en que había enterrado a su viejita. Y en ese cementerio, junto a ella, deseaba reposar la eternidad.
-¡Solucionado! Que lo reubiquen en un trabajo de oficina en la superficie, ganchito.
Una leve mueca de disconformidad apareció en su cara. “Hay rocas de mejor ley para eso, gancho”, reflexionó, antes de confesarme que apenas si sabía escribir su nombre, y de números, nada. "No es lo mío".
-¿Cree que no tiene dedos para ese piano?
-Mis dedos están hechos para las tijeras y peinetas, gancho –afirmó, y extrayendo del bolsillo una curiosa tijera con dientes comenzó a ejecutar una graciosa danza de giros y saltos, al tiempo que –chas, chas, chás– cortaba el aire límpido del despoblado con destreza sin igual. Un baile frenético poseyó a Ganozita y chas-chás entre simpáticas volteretas cambió de mano la tijera, chaschás, con la destreza de los barmans con los tragos en las películas. Y así siguió por un rato. Luego, más reposado tras un largo sorbo de cerveza, volvió al recuerdo de su madre, “la más buena y linda peluquera de la viña del Señor”, dijo, quien le había enseñado los trucos y secretos de su arte.

En el viaje de retorno al mineral, René Ganoza tomóse la cabeza y quebró el silencio que acompañaba mis pensamientos: “Es por no perder la práctica”, dijo.
-¿Me dice, ganchito?
-El peinado mío –dijo–, y el corte. Me lo hago así por mantener los dedos ágiles. Como no tengo con quién practicar...

- Córteme -ofrecí y detuve la camioneta a la vera del camino.






Dos semanas después de nuestra excursión hubo movimientos en la empresa. Varios de los coleguitas con silicosis partieron con buen desahucio a vivir la vida del jubilado en ciudades como Andacollo, Combarbalá u Ovalle; otros, fueron capacitados y entraron a trabajar en las oficinas, en tareas administrativas y de apoyo a la producción. El Pelaíto Ganoza llenó el cupo de Coordinador Casa de Cambio, gracias a cientos de firmas de todos los viejos mineros (yo corrí la lista) y con sueldo incrementado, ¡qué mejor! Allí, sin su peinado ridículo permaneció, feliz hasta que jubiló, organizando los canastillos de ropa y los equipos de protección personal de quienes seguimos en el turno de la tarde. Y muy especialmente y con mucho talento, cortándonos el pelo y rasurándonos. La peluquería era su pasión, era el legado de su madre y era también el valor agregado, como le dicen ahora, que toda compañía debiese buscar en sus trabajadores.

jueves, abril 09, 2009

Valor agregado (Parte I)

Frente al espejo, apertrechado de dos peinetas, una escobilla y un gran pomo de gomina, René Ganoza lidiaba contra la escasez capilar de su mollera menuda y blanquecina. “¡Ay, peinarse!”, debía pensar –pensaba yo– al acometer esa tarea doméstica que, sin embargo, se dilataba por más de media hora en la casa de cambio, cuando los nocheros entraban a la mina y los del turno de la tarde, como él y yo, nos preparábamos para volver con nuestros pasos al campamento.

Yo tenía una deuda de vida con el "Peladito" Ganoza (ese apodo le habían colocado los viejos al colega, pero yo lo evitaba, pues pensaba que podría sentirse menoscabado), así que me demoraba en la ducha o en los vestidores, desde donde –por el espejo– lo veía trabajar su escaso pelo, y lo esperaba con paciencia y con una sed que más tarde saciaríamos en el bar Campari, como era habitual los últimos viernes de cada mes, para el pago.

La rutina de Ganozita ante el espejo era siempre la misma: con uno de los peines se hacía la raya bien arrimada a su oreja izquierda y luego, con la otra y cuidados movimientos, dirigía una especie de lengüeta de cabellera mezquina y larga hasta el polo opuesto, cubriendo por completo el frontispicio de su cabeza. Acto seguido, descargaba el preparado fijador en la zona de la coronilla, donde el pelo era algo más abundante y con las palmas extendidas lo prorrateaba según necesidad. La faena terminaba con la escobilla: Ganozita la colocaba sobre el parrón que había armado entre parietal y parietal y la meneaba con frenesí, como eléctricamente hacia atrás y adelante, desde la frente a la testuz y viceversa, logrando erizar la crencha, dándole volumen, cuerpo.

Ya instalados en el Campari y con dos cañas de vino en el cuerpo, René Ganoza dijo:
-¿Sabe qué, gancho? Lueguito me van a cortar de la pega.
No alcancé ni a protestar –“mire las tonteras que se le pasan por la cabeza, ganchito”, iba a decir–, porque el colega, con una serenidad de jugador de póquer, que contrastaba con sus ojos hechos una pena del porte del desierto atacameño que se nos regalaba a la vista, agregó resignado:
-Así nomás es. El capataz me lo anduvo hablando.
Aparte de un “ya va a ver que esta cuestión se arregla, ganchito”, que dije con poca confianza pero con hartas ganas de que fuese cierto, no conversamos más del tema ni de nada. Si el minero es de pocas palabras cuando está contento, hay que verlo cuando no lo está, porque parece mudo, y cuando encima de estar triste bebe vino, simplemente no hay allí un minero: el alma de ese hombre está en el fondo del socavón, junto a la veta más profunda.

Tras separarnos y tomar cada uno su rumbo, pasé una noche francamente mala, de completo desvelo pensando en René Ganoza y en lo que había dicho. La frase “me van a cortar de la pega” se me repetía y se me repetía y se… “me van a cortar de la pega”, y la imagen del rostro apesadumbrado de Ganozita, y la frase como un eco, y la resignación de esa cara pequeña coronada por un peinado tan peculiar.

Con René Ganoza no éramos lo que se dice grandes amigos. Nos tratábamos de usted, de gancho y ganchito, pero intereses diferentes, qué se yo; él me llevaba diez o doce años y era un colega bastante retraído, tristón, de poca fiesta; yo, todo lo contrario, un gozador, sin embargo, como he dicho, hace unos años me había salvado la vida y soy un tipo agradecido. Así que esa misma noche que pasé en vela tomé la decisión: haría algo, lo que fuera, para que no despidieran del trabajo a Ganozita; no sabía qué ni cómo, pero ese eco nocturno, esa suerte de pesadilla envasada en la forma de un rimbombo interno y pertinaz, me movió a actuar.

Temprano al día siguiente llamé por teléfono al coleguita y lo invité a una excursión a buscar fósiles (una de mis entretenciones hasta hoy), en una ladera próxima al camino que une Llanta con Pueblo Hundido. Me alegró que aceptara, ya que tendríamos la buena oportunidad de conversar que ofrece la calma de esos parajes, casi siempre matizada por un dócil ulular del viento. Yo quería que Ganozita soltara la lengua sin tapujos, que revelara con franqueza sus intereses y se explayara acerca de su situación laboral. Ya después veríamos las posibles soluciones.

Bien sabía yo lo que tardaba Ganozita en alistarse para lo que fuera, así que aproveché de comprar algunos víveres (sándwiches y cervezas, fundamentalmente, y un paquete de cigarros) para darle tiempo a la maniobra del peinado. Ni así. Cuando escuchó la bocina de mi vieja C10 enfrente de su camarote, Ganozita se asomó al balcón y me hizo saber, por medio de señas de manos, que le faltaba “un chiquito”, que subiese y pasase. Nunca había entrado a su habitación, pero sabía que ésta era idéntica a la mía (y a la del resto de los “viejos”, por lo demás): un cuarto de tres por cuatro en que cabía la cama y poco más, un clóset diminuto y un bañito. Mi sorpresa fue mayúscula al ver que el “poco más” de la pieza de mi coleguita era un amplio y antiguo mueble de fina y bien trabajada madera, a todas luces muy valioso, conformado por una mesa de puntas biseladas, con un cajón al medio, dos pequeñas puertas laterales y un panel posterior con un gran espejo central y otros dos espejos considerables a los costados, dispuestos en unas alas batientes.
-Chippendale –me dijo.
-¿Me dice, ganchito?
-El tocador… Estilo Chippendale, siglo XIX, de raíz de nogal –apuntó, dando leves golpes sobre la cubierta del mueble, donde reposaban infinidad de peinetas y cepillos, un par de hisopos de afeitar y un secador eléctrico–. Era de mi madre, agregó Ganozita, mientras remataba su peinado con el meneo frenético de la escobilla sobre el parrón.





(continuará)

miércoles, mayo 14, 2008

Inclán 250

Coronel Inclán 250, Miraflores, Lima, Perú.
Casa de los abuelos Andrés Bello y Anita Domínguez.

(Y del Mono).

¿Qué mejor para un niño llamado Mono -sí, Mono, aunque en el colegio le dijeran Andrés- que llegar a una casa con árboles robustos y de copas conectadas? La experiencia ganada en Chile, sobre las alturas de los paltos de Conchalí, o en aquella higuera de La Pincoya que siempre regalaba la i griega (Y) perfecta de madera para hacerse una honda, mientras en el ambiente resonaba la música aterradora de las balas de metralleta de aquel 1973 deleznable, se pone a prueba entre las ramas del lúcumo del fondo de Inclán 250, en Miraflores. En la copa, sobre la llamada “jaula del Gogo”, pastor alemán cuya fiereza convierte en juego de cachorritos la maniobra de destrozar, hacer añicos a punta de colmillo, el plato sólido de gruesa lata con su ración diaria de alimento teñido de camote.

El único Mono con cara de monkey face, cual Tarzán de musculatura esmirriada, de un brinco ya no está junto a las lúcumas que parecen trompos aromáticos con los que Mama Palí más tarde hará uno de sus postres fenomenales, sino que ahora cuelga del mango. Abajo el Gogo, “El Temido” (como el bajel pirata del poema, que así por su bravura llaman), bestia encolerizada por la agilidad del muchachito que con insolencia se pasea por sobre sus ojos iracundos cuales dos brasas, corre de lado a lado como energúmeno, ladrando con desesperación y tensando al máximo la gruesa cadena que le priva de libertad.

-Este flaco es puro hueso- podría relamerse en su desquiciado ir y venir: ¡Loncherita de perro!

El trapecista de 9 años en jardín miraflorino se deja caer a la pared que se oculta tras los cañaverales y, luego de reptar por ese muro lleno de arañas y telarañas, corta un metro y medio de bambú, le saca hojas y ramitas y ya tiene la espada del Corsario Negro. La de Maciste, la de Ben-Hur, la espada de todos los héroes de las series en blanco y negro que algunas tardes ve con su Papapa Andrés. Luego, equilibrista con la caña horizontal, marcha por la otra muralla, la de los plátanos -se llama Mono, le encantan, come un par- y erguido y con paso seguro, llega al vértice del parrón. Ya ha tenido suficiente. Mañana trepará hasta la punta del guayabo o, por fin, realizará la proeza imposible: saltar desde el segundo piso al árbol central, ese de varios brazos que no tiene nombre ni frutas, pero que se erige majestuoso en medio de la terraza, siempre visitado por palomas. Eso será mañana.

-¡Hola, tocayito!-. Andrés Bello, su tío el ingeniero, está pasando un buen día y silba con una entonación admirable sentado en la terraza. “Máximo, dale una de las pelotas que tengo confiscadas en el cuartito”, solicita a su empleado.
-¡Yeee!

Pocas cosas gustan más al niño Mono que jugar a la pelota. Sí, es verdad que goza trepando árboles, pero más le gusta jugar fútbol con su pelota de cuero. Es Teófilo Cubillas, el Nene y pasa horas y horas disparando al arco del portero Zape, que vaya cómo se parece a su hermano Tito. Cada golazo del Nene es un estruendoso ¡PAF! en el portón de madera del garaje. ¡Trata de tapar bien, pues, Zape! PAF – PAF – PAF: Máximo llega con la instrucción de re-confiscar la pelota. ¡Qué injusto! ¿Qué culpa tiene él de que Cubillas sea tan bueno para colocarla en el ángulo? ¿Qué culpa tiene de que su hermano Tito sea tan pésimo? Lo bueno es que llegaron los primos así que jugarán matagente con la pelota de plástico. Más tarde, segurito que la Viniball se juntará con la de cuero y tantos más balones en el cuartito chico del ingeniero. ¡Qué tal raza; qué culpa tenemos de que tengas tan buen oído, pues, tocayo!

“Mauro Mina vuelve al cuadrilátero. Y vean cómo aporrea el moreno. ¿Qué tal, Mauro, contra quién es la pelea?
No, simplemente estoy probando mi reloj Nivada”.
No sólo trepa árboles y murallas y domina con sutileza la redonda Nº 5, sino que también al niño Mono le gusta ver tele. Qué divertido le parece Trespatines, caray...
Réclames, otra vez. Peruano, recuerda: AHORRO ES PROGRESO: lunes y miércoles no podrás circular con tu carro...".

Qué mate de risa este Trespatines, caray, José Candelario Trespatines, siempre metido en problemas, jajajá...

-¿Justo ahora, Bueli? ¿Pero por qué justo ahorita?
-¡A la reja!

En círculo con doña Anita vieja linda, un batallón de nietos, justo ahora cuando el tremendo juez de la tremenda corte va a resolver el tremendo caso (y va a mandar a Trespatines a la cárcel), recita con esmero los misterios del rosario y sus eternas letanías. Hay una “cara larga”, larguísima, “¡cosa más grande 'e la vida chico!”. Pero el berrinche no durará mucho: la Bueli necesita encargar unas compritas y sabe cuánto le gustan los chocolates Sublime a su nieto predilecto. O las figuritas del álbum del Mundial Alemania 74.

-¿Y dónde compro, Bueli, voy al chino de Piura o donde Lola?
-No, anda aquí nomás, donde “El Antipático”.

El niño Mono ya ha pegado las figuritas de futbolistas. Le salió el holandés Johan Cruyjff, un flaco como él, mucho menos bueno que el Nene Cubillas. Está cansado, tendido en su cama del cuartito chico junto al baño, con un tomo de El Tesoro de la Juventud en las manos, leyendo por enésima vez alguna de las 'narraciones interesantes'. Le encanta la literatura, los cuentos que lee y los poemas que recita Papapa Andrés. La verdad es que admira a ese Andrés Bello, el doctor, más que a nadie en el mundo. Al revés, más que a todos. Ése señor sí que es su héroe, como el Corsario Negro y el fortachón de Maciste juntos. Porque impone autoridad sin jamás subir la voz y porque es tierno y sensible como el que más. No lo habrá descubierto su querido nietecito mayor lagrimeando hasta con las novelas de la tele, incluso en escenas de ninguna emotividad. ¡En las series de media tarde, “Papá lo sabe todo” o “Roma mi amor”, recomendadas por doña Anita, programas con moraleja, sanos como la revista Caretas sobre su mesa de noche, a la que ya le sacaron la penúltima página y su calata.

Andrés Bello ya ha sentenciado aquello de “silencio en la sala que el burro va a hablar...”. Anita Domínguez ya se ha aplicado su loción rosada con maravilla curativa llamada “el agua que inventó mi abuelita”. Las luces de la casona ubicada en Coronel Inclán 250 se apagan por completo.

La noche es obscura y tenebrosa como la de Antón, el achispado del poema que a veces declama Papapa. Abajo en el primer piso, la fiera descomunal de nombre Gogo transita lado a lado la terraza, cuidando la casa. Sus garras resuenan en el piso de baldosas. A veces ladra, por ratos aúlla, pero no se fatiga en su espera: Una mañana cualquiera, fruto de algún descuido, el niño Mono, ese “loncherita de perro”, va a salir al patio y lo hallará suelto. Ahí verá lo que es bueno.

Eso no pasó nunca, Gogo, en paz descansas. La negrita linda que es Mama Palí, con su cabello de algodón, siempre madrugó más que tú y te encadenó a tiempo, bestia asesina, al árbol de lúcumas para postre. Ahí mismo donde algún día, sobre tu cabeza, el único Mono con cara de monkey face trató de hacerse una casita con tablas y clavos.

miércoles, octubre 31, 2007

Fresia de todos

Una señora que se gana todos los Fondart, CNTV y más fondos concursables, me reclutó una vez para que le escribiera guiones para concursar a un fondo y ganárselo. Después, ella me pagaría unas chauchas y se regocijaría con varios millones. La idea era preparar una serie de "cuentos bizarros" baratos; o sea, en que la acción transcurriera en Santiago y tuviera poco personajes (actores, sin contar los extras). Lo anterior, porque esta señora había leído -y le había gustado- mi historia (aquí publicada anteriormente, en capítulos) de "Jesucristo de El Salvador". Con ese relato le hice un guión y quedé con la tarea de hacer una sinopsis de un segundo relato.
Al final, la señora esa huevió tanto (primero quiso cambiar la historia de Jesucristo de El Salvador, ya ajustada a la capital; después no le gustaron varios intentos de sinopsis que preparé; más tarde consideró que ninguna de las historias que propuse caían en la categoría de "bizarras") que dejé todo botado.
Hoy, como ya es fin de mes (31) y no me gusta dejar que pase un mes sin publicar en este blog, tomo y publico la sinopsis que les dejo a continuación, elaborada en un par de horas con mi gran amigo, "coach y manager" R. de la V. La escribimos bebiendo un par de vasos llenos de ron con cocacola.
Juro que para mí -y para R. de la V.- es un cuento bizarro, ajustado ese concepto a lo que en Chile se entiende por bizarro. Para la señora de marras, no lo es. Ustedes juzgarán.



Fresia de todos

Doña Fresia se vino de Angol a vivir a la capitalina población de Peñalolén. Mujer de campo y dotada de sabiduría popular, se alejó hace una veintena de años de su natal terruño en busca de mejores posibilidades para sus dos hijos, hoy un par de jóvenes hechos y derechos.

La popular “toma” se transformó en su espacio vital, sin esfuerzo ni dolor. Como muchas mujeres de su condición, Fresia era jefa de hogar y ocupaba sus talentos en conseguir la manutención de ella y sus hijos, y en la “pobla” se sentía acogida y respetada por sus pares. En definitiva, y gracias a sus virtudes, se erigió como una líder natural en el barrio. Con una moral a toda prueba, trabajó en los primeros años como empleada de casa particular en la acomodada comuna de Vitacura, pero con el paso del tiempo (y la muerte de su patrona) decidió independizarse y vivir de lo suyo. Así, gracias a su solitario esfuerzo, instaló en las afueras de su exiguo terreno, junto a la modesta casa familiar, un mínimo local en donde vendía desde sopaipillas a bolsitas de merquén “importado” de su recordada ciudad de Angol, como también caramelos y embelecos para los menores. Mujer generosa, fiaba algunos productos a sus conocidos y con más razón cuando un niño la miraba y en sus ojitos detectaba una franca necesidad.

Sin embargo, hubo un hecho que marcó la relación de Fresia con los habitantes de su población. Una pequeña vecina, Consuelo, de 4 años, fue atacada por un fuerte virus invernal. Su joven madre, Gloria, sin saber a quién acudir, ya que el consultorio más cercano se hallaba en paro, realizó la común acción de pedir ayuda a una mujer mayor, Fresia, quien no sólo le proporcionó el auxilio de la experiencia. En efecto, viendo a su vecina pidiendo socorro con la pequeña en brazos en la puerta de su casa, Fresia no demoró en darse cuenta de que Consuelito mantenía un severo estado febril. Al observar la manera en que la niña se contorsionaba en espasmos, Fresia dudó un segundo, pero luego se iluminó y, recordando un episodio de su propia niñez, emuló a su abuela que, tantos años antes y en la lejana región indómita, la sanó de una aflicción semejante.

Con la niña tendida sobre una sábana blanca encima de su cama, Fresia, como si estuviera poseída por una inusual energía, se anudó un pañuelo en el pelo. Acto seguido, hirvió agua en una tetera y juntó tierra, para luego proceder a preparar una argamasa barrosa. Entonces, desvistió a la pequeña la comenzó a cubrir lenta y parsimoniosamente con el barro, ya tibio. Consuelo aún permanecía inconsciente y con espasmos a repetición, de manera que Fresia, ya en trance, comenzó a cantar, primero a bajo volumen, mas luego su voz y su cadencia fueron ganando frenesí y se adueñaron del humilde espacio. Al cabo de un rato, Consuelito abrió sus ojos y una leve sonrisa fue el anticipo de una franca mejoría.

De allí en más, Fresia fue una guía para muchos. Una líder. A su puesto de ventas menores acudían algunos a pedir consejo y orientación. Otros le solicitaban tareas mayores, de modo que no era extraño verla asistiendo un parto sorpresivo e, incluso, arremangada y uslero en mano, enfrentando a algún bellaco que cometió la cobardía de golpear a su mujer.

Como si fuera poco, su actitud chamánica se desarrolló hacia una atractiva veta mágica: prever el futuro. Una antigua baraja española fue su compañera por años, desde que su antigua patrona, ya fallecida, le enseñare el mundo de las cartas y la adivinación. Así, Fresia entretenía a un par de vecinas leyéndoles el porvenir en los naipes, con serena seguridad.

El “arrastre” de esta mujer creció exponencialmente. La llamaban “Fresia de todos”.

Y pasó el tiempo. Un domingo por la tarde, se disputaba el partido del año: Peñalolén versus La Pincoya. Un panorama que, sin duda, hegemonizaba la atención popular. Un público variopinto y dicharachero se agolpaba en los límites exteriores de la cancha de tierra, lugar de cien mil batallas deportivas que nutrían la memoria colectiva. Y allí estaba Fresia, acompañando a sus hijos desde la barra.

Con su jovialidad característica, nuestra protagonista alentaba a los jugadores y muy especialmente a sus muchachos: Lautaro y Caupolicán, titulares indiscutibles del equipo local. El encuentro fue recio, disputado y, en algunos minutos, violento, pero poco efectivo en los arcos.

Quiso el destino que, en el último instante de la brega, el árbitro, de riguroso negro, sancionara un penal a favor de Peñalolén. Lautaro era el designado y, como tal, tomó el balón y lo dispuso justo sobre el punto de tiza. “¡Vamos Lauta!”, gritaba el público desde el costado del terreno de juego. Fresia, en silencio, miraba a su hijo mayor con indesmentible orgullo. Sin embargo, una extraña imagen cruzó por su mente: una pelota de cuero surcaba el cielo precordillerano, allí, junto a las nubes. Algo estremeció su cuerpo. Al cabo, en los hechos, así no más sucedió: El puntapié de Lautaro lanzó la pelota por sobre el travesaño ante la incredulidad de todos.

Fresia se sintió mal de inmediato. Había tenido una visión premonitoria que le apretó el pecho, y la realidad de su entorno se fue apagando ante sus ojos. La desesperación cundió entre los presentes y la atmósfera se llenó de gritos y órdenes. Lautaro y Caupolicán, junto a sus compañeros y miembros de la barra, trasladaron a Fresia con premura a su casa, en un trecho que le pareció suave, como en cámara lenta, en brazos de sus dos hijos. Ya en el domicilio, intentaron reanimarla en vano afán. Uno le daba agua; otro llamaba a una ambulancia con desesperación, pero ésta llegó tarde, cuando su presencia ya no era necesaria.

Tendida sobre su lecho, Fresia simplemente cerró los párpados y dejó de respirar. Así lo contaron, por las calles del barrio, quienes vivieron junto a ella ese crucial instante.

La sorpresa se confundió con un dolor profundo en todos los pobladores que habían conocido a esta mujer mezcla de mística, dotes mágicas y valiosa dignidad. Lautaro asumió la ingrata responsabilidad del sepelio de su admirada madre, mientras Caupolicán, desdichado, cayó en la bebida. Esa misma noche, sus amigos más cercanos lo rescataron de un clandestino del barrio, en completo estado de ebriedad. No obstante, ya a la mañana siguiente se le vio repuesto y siempre solícito junto al cuerpo de Fresia.

Por la tarde, Lautaro anunció que su madre había dejado algunos ahorros y un testamento por escrito: cuando muriera, debía hacerse una fiesta como las de su tierra natal.

La población se organizó, como en sus mejores días, y todos aportaron dinero o especies para homenajear a su líder en momento postrero. Tres días con todo: comida, vino y del fuerte. Cantoras, lloronas, baile y chistes. Era la voluntad de Fresia y así se hizo.

El último punto testamentario era que las puertas del velorio debían estar abiertas para todos, sin excepción. Así, decenas de personas rotaban durante el día y la noche. Algunos, más avispados, se quedaban de punto fijo en el pequeño salón, no trepidando ni en la comida ni en la bebida. Los diálogos se hacían cada vez más entretenidos y emotivos, mientras avanzaba la noche. Todos recordaban, en algún instante, la razón que los convocaba: esa querida mujer que descansaba en el interior de un cajón de sencilla madera, con la tapa abierta. Ahí se dejaba ver a Fresia, con sus párpados cerrados y el rostro calmo. Sus hijos la habían vestido con su mejor traje, de color azul océano y un sobrio collar imitación de perlas.

La tercera y última noche, el Alcalde se hizo presente en el lugar. Saludó a todos, uno por uno, besos y palmoteos de espalda, avanzando por la larga fila de deudos que despedían a Fresia. Luego de persignarse frente al rostro inerte, solicitó un instante de silencio a las cantoras, lloronas y rezadoras del rosario, con el afán de proclamar un discurso.

La alocución partió serena y, de a poco, fue tomando cada vez más niveles líricos insospechados. Los sentidos recuerdos del Alcalde, la enumeración de los ribetes más altos de “la mujer símbolo que hoy nos abandona…”, provocaron entrañable sentimiento. Ante las remembranzas del edil, algunos asentían con marcada emoción, en tanto que otros, inconsolables, lloraban a moco tendido. El ritmo de la perorata se fue tornando frenético, mientras los hijos de Fresia eran flanqueados y consolados por todos.

En un instante mágico, se escuchó un sonido que provenía de la urna. Ante la incredulidad de los presentes, el desmayo de una llorona y algunos gimoteos, Doña Fresia se sentó en el ataúd mirando a la concurrencia y, en primer plano, la espalda del inspirado Alcalde, quien giró lentamente la cabeza y, al ver el alucinante espectáculo, cayó fulminado por un ataque cardíaco que le quitó la vida.

Fresia vivió 13 años más y llegó a ser Alcaldesa de la comuna, luego de haberse desempeñado con cabal éxito como Concejala.

domingo, setiembre 30, 2007

Cobresal en Show de Goles

Hace tres meses, más o menos, me llamó por teléfono el periodista Felipe Bianchi y me dijo lo siguiente: “Te necesito para un programa. Eres la persona idónea… Te elegí por esa característica tuya que nadie más tiene en Santiago y, en realidad, pocos tienen en el país y en el mundo”. ¿Por fin mi viejo amigo se había dado cuenta de mi innata habilidad mediática? ¿El mundo de la TV comenzaría a pagar su deuda consistente en desperdiciar por tantos años mi simpatía inigualable acompañada de una apostura clásica difícil de hallar en los confines de la tierra? Y siguió Bianchi: “Es por esa condición que tienes que casi, pero sólo casi, te convierte en un idiota: ser hincha de Cobresal”.

Después me contó que la productora de Julián Elfenbein iba a reeditar el Show de Goles en Chilevisión, que habría “contertulios” de todos los equipos (o sea, 21), que yo tenía que ser el representante de los hinchas de Cobresal, que si pagaban algo sería pocazo y que el programa saldría en el ‘horario familiar’ de pasadas las 12 de la noche de los días domingo.

Así nomás ha sido.














La verdad es que me he entretenido -y harto- en el Show de Goles. Los contertulios son buena onda (el de Unión Española es mi amigo y ex bloguero Ipnauj) y el desempeño de mi equipo viene superando todas las expectativas, lo que me tiene en el primer plano del estudio. Además, he podido conocer -en foros, bares y tablones- a bastantes hinchas cobresalinos (pa’ que sepí, Bianchi, somos miles), todos muy agradables. Por si fuera poco, me entrevistaron por Radio Alicanto de El Salvador y la Revista Andino, publicó la nota que sigue a continuación.

El contertulio de Cobresal

El ex trabajador de Codelco División Salvador, Andrés Aguirre Bello, es el representante de los hinchas de Cobresal en el remozado Show de Goles, programa que transmite Chilevisión pasada la medianoche de los domingos, bajo la conducción de Felipe Bianchi.

Cobresalino de tomo y lomo, Andrés Aguirre vivió con su familia en El Salvador entre los años 1990 y 1997, y se desempeñó en el área de Comunicaciones, a cargo de la edición de la Revista Andino y de la línea editorial de Radio Alicanto. En dicho período, integró diferentes directivas de Cobresal y diseñó campañas para allegar recursos al Club, además de alentar al equipo desde el tablón y de practicar un fútbol elegante y galano todos los sábados sobre el césped de El Cobre, alternando a veces con reservas del conjunto minero.

“No estoy en este programa para descalificar a nadie –afirma el espigado contertulio-, sino para destacar el trabajo de Cobresal. Hay una directiva seria; un cuerpo técnico preparado, que lidera José Cantillana, que está haciendo muy bien las cosas, y un sólido plantel de jugadores que, más allá de varias individualidades que sobresalen, conforman un equipo de calidad y que tiene buenas alternativas en la banca”.

El periodista dice que su mujer y uno de sus hijos (Vicente) también son hinchas albinaranjas y que “dado lo tarde del programa, ponen despertador para verme en el Show de Goles, allí entre Camacho, Pradenas y la Marisela Santibáñez”. Agrega que trata de asistir a todos los partidos de Cobresal que se juegan en la zona central y alrededores y que, en los otros casos, trata de verlos por TV o los sigue por radio, en ocasiones junto a un simpático grupo de fanáticos que conforman la barra “La Negro Salgado Autónoma: apunados de locura”.

“Tengo confianza. Aguante Cobresal, a la Libertadores”, concluye diciendo Andrés Aguirre, con su gorrito albinaranja sobre la cabeza.

¿Alguna opinión?


viernes, agosto 31, 2007

Karadajián: “FOLTUNA”

Tengo poco y nada de tiempo para dedicarle a este blog. Es la razón de que últimamente haya publicado sólo una vez al mes y, en general, recopilando cosas previamente escritas. Pero ya no me quedan muchas cosas previamente escritas, y las que me quedan, me da vergüenza publicarlas.

Con ese problema encima, me llegó un mail de aquel energúmeno que se llama Víctor Karadajián, a quien en oportunidades anteriores le he cedido espacio en esta página azul para que saque a la luz su lírica y prosa, con narraciones tan edificantes como las intituladas “La deuda de los poetas” y “Yo era un alfeñique de 44 kilos”.

El sujeto me reclamó porque estoy publicando “sólo una vez al mes y, en general, recopilando cosas previamente escritas por otras personas (las cartas)”. Por otras personas que no son él, quien, según dice, le ha “otorgado las narraciones más perspicaces y atractivas a esta web”. Luego me implora que le deje espacio a su última creación narrativa, FOLTUNA, “un relato que escapa de vulgaridades y palabras soeces" y que vendría siendo "altamente ingenioso en su forma”, anuncia.

Leí FOLTUNA. En fin…, en fin...


No tengo ganas de escribir nada. Tampoco de censurar a Karadajián, quien (como se verá) no ha abandonado las groserías. Ya desde el dibujo que me envió para acompañar el cuentito me pareció algo sospechoso en ese sentido. Raro… (Lalo). Aquí va.



Soy un esclitol y geóglafo japonés, muy lejano de la hispanidad y muy celcano -casi socio- de las coincidencias y la buena foltuna.

En mi plimel viaje a un país de habla castellana, elegí Chile. Las lazones de tal decisión son de oligen caltogláfico y litelalio. Mis dos aficiones más glandes.

Lecueldo que cuando era un niponcito san, mi padle me legaló un globo teláqueo en el que pledominaba, como en nuestla geoglafía planetalia, el azul de los océanos. Mi helmano mayol, el plimogénito de la familia Sacayama, le sacó el eje de lotación y el sopolte y se fablicó un alco con su lespectiva flecha. Luego, con la tiela leplesentada a escala, disputó paltidos de watelpolo.

¡Yo no lo podía cleel! Me dio labia. Solicité a mi padle castigal a Tukulito, lescaté mi legalo y me entlegué al estudio de la geoglafía de los países. Siemple me implesionó Chile, pol su folma de palito de hockey y pol la dificultad pala calcal sus islas del sul. “Es una loca geoglafía”, me dije. “Una cinta lalga lecostada a la olilla del Pacífico, temelosa de que una enolme ola la cubla de lepente”.

Yo gilaba con fuelza el globo, celaba más mis ojos y lo palaba con el índice de mi mano delecha. Siemple caía en Chile. Supe desde ese momento que esa cilcunstancia azalosa significaba una especial atlacción que el país de los polotos con liendas tenía pala conmigo. O yo con él.

Años después esclibí un cuento y lo situé en el sudamelicano país de enolmes picos y volcanes que tanta exitación ejelcía soble mí. A esa fecha ya tenía conocimientos más madulos de sus legiones y plovincias, lo que facilitó mi cometido. Putaendo, Culicó y Chile Chico, elan algunas de sus ciudades y pol ahí colía el plotagonista.

En mi plimel viaje a Chile, apenas llegado al aelopuelto Altulo Melino, casi diez años después de habel esclito “Tsunami en Viña del Mal” (así se llama mi cuento), oí que llamaban a tlavés del miclófono a mi pelsonaje. ¡Al héloe de mi nalación!

Al plincipio, yo no lo podía cleel. Después me confolmé de mi foltuna y me dije “Tunabo, son las tlemendas coincidencias de la vida”. Pol eso digo que soy socio de la suelte.

Yo había bautizado a mi pelsonaje con el nomble de un chileno que, cualenta años atlás, había sido compañelo mío en la univelsidad en Osaka. Cuando escuché su nomble en el aelopuelto pidiendo que se plesentase con su pasapolte, colí como loco pala saludal al antiguo camalada. Sin embalgo, no ela él.

Igualmente, besé al homblesillo pol sel tocayo del galán de mi lelato. Me emocioné al vel, en calne y hueso, el nomble y apellido de mi quelido pelsonaje y me estallalon las láglimas cuando los altavoces lepitielon: Juan González, debe plesentalse en policía intelnacional.