Como el oso hormiguero
Tenía 12 años y vivía en el distrito de Miraflores, Lima, Perú, en la casa de mis abuelos Andrés y Anita, con ellos, mi madre y hermanos.
Una noche de febrero, de desvelo, de zancudos y espirales encendidos para matarlos, mi mamá me escuchó “requintar”, no sé si por alguna picada o por la alergia y nariz obstruida que me provocaba el insecticida, y me llamó a su cuarto. Me hizo un espacio en su cama, cariño en el pelo y nos pusimos a ver “la pelea del siglo”, con Mohamed Alí en un rincón, luciendo su cinturón dorado de ensueño de la máxima categoría.
((Aquí, entre dobles paréntesis, y aun cuando hoy parezca bárbaro decir que a uno le gusta el boxeo, debo decir que sí. Sí, ladys and gentlemen, ¡ME ENCANTABA EL BOX!
Ahora me gusta poco, la verdad, pero en aquellos tiempos de los 70 y de los “pesados” Cassius Clay (luego Alí), Joe Frazier, George Foreman e incluso Larry Holmes, me gustaba bastante. ¡Tantas peleas del siglo, caramba! Y también disfrutaba con los pleitos de años posteriores y pesos más ligeros, cuando en esta esquina Roberto “Mano de Piedra” Durán castigaba el abdomen de “Sugar” Ray Leonard o Tommy Hearns propinaba con dureza sobre la mandíbula de Pipino Cuevas, junto el encordado)).
Ídolo máximo Alí, seguro que baila como mariposa, pica como avispa y tumba en el primer round a este pelafustán desconocido…
- Míralo –dice mi mamá–, es desdentado como el oso hormiguero.
- Sí, pobre, y con la paliza que le van a dar ahora…
Sin embargo, no se viene dando tal paliza. La chica en traje de baño pasa y pasa con sus carteles 8, …9, …10.
- Y te aviso que el desdentado va ganando la pelea –agrega mi vieja, una experta por lo demás en varios deportes.
- No se preocupe, que ya lo noqueamos.
- No, si yo no me preocupo, hijo.
La del bikini: 13, …14 y 15, talán, talán, talán.
Decisión unánime del jurado.

Este sujeto, desdentado como el oso hormiguero, derrotó a mi gran ídolo y le quitó el cinturón de oro puro y diamantes de los pesos completos: LEON SPINKS.
Rabia, frustración y pena, todojunto. De regreso en mi cama lanzo uppercuts y cross de izquierda al colchón y, también, moqueo y lagrimeo sobre la almohada. Al menos eso me destapó la nariz, así que pude dormir, aunque tal vez para soñar pesadillas sobre un cuadrilátero y un LEON sin dientes.
Al día siguiente, caída la tarde y subida la noche, me ilusiono al escuchar un tradicional pregón limeño:
“Revolución caliente,
música para los dientes,
azúcar, clavo y canela,
para rechinar las muelas”.
Alumbrado por un farolito de aceite, un zambo oscuro cruza la calle con su vozarrón y su dulce carga: un canasto lleno de "revolución caliente": panecillos tipo galletas duras, deliciosos, que a veces comprábamos. Desde el balcón le grito que ya bajo, justo cuando la luz escasa del farol se adentra en su boca.
Era igualito a Leon Spinks, así que no bajé.