La carta, el paquete y los avisos ( I )
Aquella mañana de sábado, cuando le llegaron la carta y el paquete, se cumplía exactamente un mes desde que cambiara el sosiego rural de Las Cabras, por el tráfago insoportable de Santiago. Un mes desde que, equivocado o no, resolviera que el pueblo le había quedado chico y que la capital, aun todavía, se le presentaba como una oportunidad de triunfo. Al momento de cerrar la puerta al cartero, reía al recordar cuando se despidió de todos, a través de la radio local y, cómo no, se emocionaba en la evocación del “hasta pronto” a su novia quien, como todos, le aseguró el mayor de los éxitos.
Una carta y un paquete, en una mañana de sábado. Apenas leyó el sobre y ya reconoció la letra. Matilda, su amada Matilda. Ya faltaba menos, pensó. Si las cosas le hubieran resultado como había supuesto, por estos días la estaría trayendo a vivir con él. Pero…
¿Y quién diablos le habría mandado esa caja tan extraña y etiquetada? ¿Qué hacer con ella? El cartero no le había dado ninguna opción. “Entienda –le había dicho–: no tiene destinatario ni remitente, pero sí la dirección, ¿ve?, así que se la dejo. Hágase cargo”. Cómo eran las cosas, pensó, mientras servía vino en una copa: No llevaba ni una semana en ese departamento de calle Lastarria y ya recibía una carta de Matilda y, por si fuera poco, ese paquete mediano con calcomanías que advertían fragilidad y otras que, por medio de paraguas, copas y velas, revelaban el lado correcto para depositarlo.
La verdad es que “el mayor de los éxitos” en Santiago no había sido tan rápido como le habían dicho, pensó. Por cierto, estaba lo del jingle publicitario que sonaba en algunas emisoras (no era gran cosa, pero algo) y lo del sello, “te llamaremos”, pero nada más había sucedido. Salvaba con sus presentaciones en el restorán mexicano, donde interpretaba la buena ranchera, y por eso no estaba de vuelta en Las Cabras, con la cola entre las piernas. No quiso ni pensarlo. La estrella estrellada. Qué dirían todos.
Una carta y un paquete, en una mañana de sábado. Apenas leyó el sobre y ya reconoció la letra. Matilda, su amada Matilda. Ya faltaba menos, pensó. Si las cosas le hubieran resultado como había supuesto, por estos días la estaría trayendo a vivir con él. Pero…
¿Y quién diablos le habría mandado esa caja tan extraña y etiquetada? ¿Qué hacer con ella? El cartero no le había dado ninguna opción. “Entienda –le había dicho–: no tiene destinatario ni remitente, pero sí la dirección, ¿ve?, así que se la dejo. Hágase cargo”. Cómo eran las cosas, pensó, mientras servía vino en una copa: No llevaba ni una semana en ese departamento de calle Lastarria y ya recibía una carta de Matilda y, por si fuera poco, ese paquete mediano con calcomanías que advertían fragilidad y otras que, por medio de paraguas, copas y velas, revelaban el lado correcto para depositarlo.
La verdad es que “el mayor de los éxitos” en Santiago no había sido tan rápido como le habían dicho, pensó. Por cierto, estaba lo del jingle publicitario que sonaba en algunas emisoras (no era gran cosa, pero algo) y lo del sello, “te llamaremos”, pero nada más había sucedido. Salvaba con sus presentaciones en el restorán mexicano, donde interpretaba la buena ranchera, y por eso no estaba de vuelta en Las Cabras, con la cola entre las piernas. No quiso ni pensarlo. La estrella estrellada. Qué dirían todos.

¿La seguiría por tierra y por mar?
Adelita.
Matilda.
Matilda.
Maldita.
¡¡¡Maldita!!!, gritó con destemplada voz de charro y arrojó la copa de vino contra la blanca pared, que se entintó. Presa de un arrebato de desconsuelo y pesadumbre, arremetió contra lo que pilló por delante. Un llanto rabioso resonó en los edificios, y el cañón del Santa Lucía se encargó de anunciar las doce.
(Continuará...)