"El juego"

Narración de Ipnauj, miembro de la MDD, que participó en el concurso "Cuentos en Movimiento".
El juego
No entiendo y me irrita, cuando escucho que la gente se queja porque tiene que andar en micro. Yo creo que a la mayoría le falta imaginación. Da pena verlos con sus miradas vacías y sus expresiones cansadas. Para mí, la mejor parte del día era cuando me instalaba en el asiento del bus, sabiendo que estaría ahí durante, al menos, cuarenta minutos. Siempre sentía la sensación de que los segundos se estiraban, lo que pasaba, en realidad, es que perdía totalmente la noción del tiempo.
No recuerdo con exactitud cuando comenzó mi juego, pero no me extrañaría que hubiera sido la primera vez que tuve que aventurarme en solitario en el mundo de la locomoción colectiva. Supongo que se dio en forma natural. Tiene que haber sido una reacción lógica para una persona como yo, introvertido, soñador, inteligente, y, por sobre todo, observador.
Las reglas eran simples, pero estrictas. El elegido tenía que ser alguien que anduviera solo y que yo no hubiera visto nunca en mi vida. Debía hacer la elección casi en el mismo instante en que me acomodaba en mi lugar. Una vez escogida la persona, no podía cambiar. La idea era hacer deducciones a partir de la observación. Buscar pistas y sacar conclusiones. Analizar cada detalle y descubrir lo que para los demás no era evidente. La especulación o el carril estaban totalmente prohibidos. Cada afirmación necesitaba estar solidamente avalada por un dato real. Sólo así, me permitía aceptar como íntegramente verdadero mi informe final.
Al principio, me conformaba con recavar información que podríamos llamar básica. Me sentía muy orgulloso si acertaba con aspectos triviales del individuo como su profesión, su estado civil, su condición de salud o alguno de sus pasatiempos. Con el pasar del tiempo, cuando mis kilómetros recorridos ya se podían contar en decenas de miles, mis metas cambiaron. Mi técnica investigativa se volvió extraordinariamente refinada. Agucé mi vista y logré discriminar tonalidades nuevas que tuve que bautizar con nombres ingeniosos como verdante o lilón. Pero lo más sorprendente es que al posar la mirada sobre mi objeto de estudio, automáticamente en mi campo visual se superponía un cuadriculado que me permitía hacer un barrido matemático por la superficie que quería indagar. Además, sumé, como nueva y utilísima herramienta, el olfato. Si bien, debe haber pocos lugares donde exista una mayor confluencia de olores que al interior de un bus, este sentido se volvió tan preciso que no me costaba gran trabajo distinguir el aroma de las manchas pegadas en la ropa.
Armado con estos notables instrumentos puestos al servicio de mi tarea diaria, el recorrido de mi casa al trabajo se convirtió en mi obsesión. Instalado en la Mercedes Benz amarilla e identificado el personaje de turno, caía en una especie de trance. Todos mis potenciales humanos se enfocaban a la disección, a la tabulación y a la evacuación de informes. Así conseguía, invariablemente, establecer el tipo de vivienda en que habitaba la persona, cuales habían sido sus últimas tres comidas, si había tenido sexo la noche anterior, cual era su mascota, cuantos hijos tenía, si era usuario frecuente de la locomoción colectiva, si ocultaba la existencia de un amante, su nivel educacional, si practicaba algún deporte, sus hábitos de higiene y una infinidad de datos relevantes. La operación terminaba en cuanto el ciudadano o la ciudadana, con un pequeño salto, ponía su humanidad en la vereda.
Practicando mi cautivante pasatiempo, una vez llegué a descubrir que una rubia curvilínea que estaba sentada en la cuarta fila del lado del chofer, había decidido abandonar a su marido porque este era impotente. En otra oportunidad, se reveló ante mí una extraña situación. Un enano vestido de payaso que pedía monedas a cambio de antiguos chistes resultó ser un excéntrico hombre de negocios con escondidas aspiraciones artísticas. Nada se me escapaba, había logrado traspasar las apariencias para auscultar lo esencial. Me sentía poderoso.
La mañana en que todo cambió, parecía como cualquier otra. Por lo menos, yo no advertí ninguna señal. Mi entusiasmo era el mismo de siempre. Me sentía tan bien que decidí irme parado al fondo del gran vehículo, así tendría una vista completa de la fauna que me acompañaba. Caminé tranquilo hasta llegar a mi posición, me agarré del fierro, hice un rapidísimo barrido con la mirada y elegí a un peladito vestido con un traje café claro. Era el tipo de persona que más me estimulaba, aquellos que se contaban por millones, los que a simple vista no tenían ni un solo rasgo distintivo. El desafío era mayor, pero mi ojo experto no tardaría en ir extrayendo las escondidas características que hacen de cada ser un universo único y complejo.
Recorrí la superficie que tenía que explorar con especial prolijidad. Sin apuros, analicé desde el más alto de sus mechones capilares, hasta la punta de sus zapatos. No pasé por alto el espacio que lo circundaba, buscando partículas que pudieran haberse desprendido de su cuerpo o de su ropa. Sentí que mi corazón se detenía, mis fuerzas me abandonaron por un instante y creí que me desvanecía. Cerré mi mano con fuerza sujetando el frío tubo metálico y logré permanecer de pie. No había encontrado nada, ni un solo elemento que me sirviera para identificar a este hombre. Olía simplemente y nada más que a eso, a hombre. En ninguno de los cuadraditos de mi plantilla visual se destacó ni la más mínima existencia de una particularidad. En ese momento no entendí que era precisamente esa carencia de elementos distintivos lo que hacía de este individuo un espécimen único. Me encontraba, sin sospecharlo, frente a la mediocridad en su expresión más pura.
No podía aceptar la derrota. Lo que ocurrió de ahí en adelante lo recuerdo como si hubiera sido el espectador de una película, mi visión de la escena no correspondía a lo que percibían mis ojos, mi punto de vista era más alto, parecido a lo que registra una cámara de seguridad. Mi rostro parecía tranquilo. Toqué el timbre y ocurrió justo lo que yo esperaba, las puertas se abrieron mientras la micro aún estaba en movimiento. Me bastó dar un paso para, con mi mano libre, tomar al pelado por el cuello. Con un solo movimiento y con una fuerza inusitada, lo lancé fuera del bus. Vi como rebotaba en el pavimento y luego, al camión de la basura aplastando su cabeza. Respiré tranquilo. Una sonrisa se dibujó en mis labios.
He aceptado mi castigo. Me parece razonable que la sociedad no comprenda las razones profundas que motivaron mi conducta. Aquí las cosas no son tan malas, aunque cada mañana me desespero por no poder subirme a una micro.
No recuerdo con exactitud cuando comenzó mi juego, pero no me extrañaría que hubiera sido la primera vez que tuve que aventurarme en solitario en el mundo de la locomoción colectiva. Supongo que se dio en forma natural. Tiene que haber sido una reacción lógica para una persona como yo, introvertido, soñador, inteligente, y, por sobre todo, observador.
Las reglas eran simples, pero estrictas. El elegido tenía que ser alguien que anduviera solo y que yo no hubiera visto nunca en mi vida. Debía hacer la elección casi en el mismo instante en que me acomodaba en mi lugar. Una vez escogida la persona, no podía cambiar. La idea era hacer deducciones a partir de la observación. Buscar pistas y sacar conclusiones. Analizar cada detalle y descubrir lo que para los demás no era evidente. La especulación o el carril estaban totalmente prohibidos. Cada afirmación necesitaba estar solidamente avalada por un dato real. Sólo así, me permitía aceptar como íntegramente verdadero mi informe final.
Al principio, me conformaba con recavar información que podríamos llamar básica. Me sentía muy orgulloso si acertaba con aspectos triviales del individuo como su profesión, su estado civil, su condición de salud o alguno de sus pasatiempos. Con el pasar del tiempo, cuando mis kilómetros recorridos ya se podían contar en decenas de miles, mis metas cambiaron. Mi técnica investigativa se volvió extraordinariamente refinada. Agucé mi vista y logré discriminar tonalidades nuevas que tuve que bautizar con nombres ingeniosos como verdante o lilón. Pero lo más sorprendente es que al posar la mirada sobre mi objeto de estudio, automáticamente en mi campo visual se superponía un cuadriculado que me permitía hacer un barrido matemático por la superficie que quería indagar. Además, sumé, como nueva y utilísima herramienta, el olfato. Si bien, debe haber pocos lugares donde exista una mayor confluencia de olores que al interior de un bus, este sentido se volvió tan preciso que no me costaba gran trabajo distinguir el aroma de las manchas pegadas en la ropa.
Armado con estos notables instrumentos puestos al servicio de mi tarea diaria, el recorrido de mi casa al trabajo se convirtió en mi obsesión. Instalado en la Mercedes Benz amarilla e identificado el personaje de turno, caía en una especie de trance. Todos mis potenciales humanos se enfocaban a la disección, a la tabulación y a la evacuación de informes. Así conseguía, invariablemente, establecer el tipo de vivienda en que habitaba la persona, cuales habían sido sus últimas tres comidas, si había tenido sexo la noche anterior, cual era su mascota, cuantos hijos tenía, si era usuario frecuente de la locomoción colectiva, si ocultaba la existencia de un amante, su nivel educacional, si practicaba algún deporte, sus hábitos de higiene y una infinidad de datos relevantes. La operación terminaba en cuanto el ciudadano o la ciudadana, con un pequeño salto, ponía su humanidad en la vereda.
Practicando mi cautivante pasatiempo, una vez llegué a descubrir que una rubia curvilínea que estaba sentada en la cuarta fila del lado del chofer, había decidido abandonar a su marido porque este era impotente. En otra oportunidad, se reveló ante mí una extraña situación. Un enano vestido de payaso que pedía monedas a cambio de antiguos chistes resultó ser un excéntrico hombre de negocios con escondidas aspiraciones artísticas. Nada se me escapaba, había logrado traspasar las apariencias para auscultar lo esencial. Me sentía poderoso.
La mañana en que todo cambió, parecía como cualquier otra. Por lo menos, yo no advertí ninguna señal. Mi entusiasmo era el mismo de siempre. Me sentía tan bien que decidí irme parado al fondo del gran vehículo, así tendría una vista completa de la fauna que me acompañaba. Caminé tranquilo hasta llegar a mi posición, me agarré del fierro, hice un rapidísimo barrido con la mirada y elegí a un peladito vestido con un traje café claro. Era el tipo de persona que más me estimulaba, aquellos que se contaban por millones, los que a simple vista no tenían ni un solo rasgo distintivo. El desafío era mayor, pero mi ojo experto no tardaría en ir extrayendo las escondidas características que hacen de cada ser un universo único y complejo.
Recorrí la superficie que tenía que explorar con especial prolijidad. Sin apuros, analicé desde el más alto de sus mechones capilares, hasta la punta de sus zapatos. No pasé por alto el espacio que lo circundaba, buscando partículas que pudieran haberse desprendido de su cuerpo o de su ropa. Sentí que mi corazón se detenía, mis fuerzas me abandonaron por un instante y creí que me desvanecía. Cerré mi mano con fuerza sujetando el frío tubo metálico y logré permanecer de pie. No había encontrado nada, ni un solo elemento que me sirviera para identificar a este hombre. Olía simplemente y nada más que a eso, a hombre. En ninguno de los cuadraditos de mi plantilla visual se destacó ni la más mínima existencia de una particularidad. En ese momento no entendí que era precisamente esa carencia de elementos distintivos lo que hacía de este individuo un espécimen único. Me encontraba, sin sospecharlo, frente a la mediocridad en su expresión más pura.
No podía aceptar la derrota. Lo que ocurrió de ahí en adelante lo recuerdo como si hubiera sido el espectador de una película, mi visión de la escena no correspondía a lo que percibían mis ojos, mi punto de vista era más alto, parecido a lo que registra una cámara de seguridad. Mi rostro parecía tranquilo. Toqué el timbre y ocurrió justo lo que yo esperaba, las puertas se abrieron mientras la micro aún estaba en movimiento. Me bastó dar un paso para, con mi mano libre, tomar al pelado por el cuello. Con un solo movimiento y con una fuerza inusitada, lo lancé fuera del bus. Vi como rebotaba en el pavimento y luego, al camión de la basura aplastando su cabeza. Respiré tranquilo. Una sonrisa se dibujó en mis labios.
He aceptado mi castigo. Me parece razonable que la sociedad no comprenda las razones profundas que motivaron mi conducta. Aquí las cosas no son tan malas, aunque cada mañana me desespero por no poder subirme a una micro.
Armando Rueda (seudónimo)