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Nanda: Tengo el chancho 6, pero estoy muerta de hambre. Dejemos la partida, preparo el carpaccio y le cuentan a Felipe esa historia del vecino de ustedes en El Salvador, que es muy buena.
Xime: Carpachito, qué rico, pero creo Felipe ya la conoce…
AAB: Sí, es cuento viejo, seguro que lo conoce… Yo abro otro tinto por mientras.
Felipe: Yo me voy por una piscolita, pero cuenten la del vecino de El Salvador...

1992. El Salvador, Tercera Región. Domingo de primavera. 13.15 horas.
Xime y AAB, joven pareja radicada en la pequeña y moderna localidad atacameña con forma de casco romano, cuyo diseño se atribuye al brasileño Niemeyer, conversan y fuman en el patio delantero de su morada de calle C.F. Kelley 708. Él riega el césped; ella lo acompaña con su mirar de turquesa y su alba risa, amplísima y jovial. Ciudad de puertas abiertas, dentro el pequeño hijo duerme su siesta de niño de 2. Más tarde ella hará un arroz y ensaladas, mientras él asará un lomo liso y algunos chorizos. Están en ello -en el riego, en las afueras de la casa- cuando llega el vecino de la casa pareada, en su camioneta de la Empresa, blanca, con su letra, número y pertenencia: Depto. Seguridad y Prevención de Riesgos. El vecino, hombre mayor que la joven pareja, con quien siempre han tenido una relación de hola y chau y poco más, viene acompañado por un sujeto joven, desconocido, más bien bajo si se piensa bien, morenito de pelo corto, sin ninguna particularidad que llamase a la sorpresa.
Dice el vecino: “Hola vecinos, ¿muy ocupados? Nos gustaría que vengan a nuestra casa un rato. Tenemos que conversar algo muy importante”. Decimos: “¿Ahora? Justo íbamos a preparar el almuerzo…”. El vecino: “Sólo un ratito, ahora, y se toman el aperitivo con nosotros”. Nosotros: “Bueno, vamos a ver al Martín, que está durmiendo y volvemos”. “Perfecto, los esperamos”.
La joven pareja se pregunta de qué se tratará la citación. “Te apuesto que cacharon tus plantitas o el olor a cuete, y como el gallo es de Seguridad”. / “No creo, amor, no seas perseguida”.
Ya en casa del vecino, en tanto que su mujer aproxima una bandeja de vasitos de pisco sour, éste pregunta: “¿Vieron que llegué con alguien?”. “Sí”, respondemos. “¡Amigo, baja!”, llama el vecino y todos miramos al individuo descender por la escalera. El vecino lo mira, nos mira, después lo mira nuevamente y nos mira nuevamente cuando le decimos “hola, quiubo”. Todos nos miramos intercaladamente. AAB apura su breve copete, dice permiso y se sirve otro, nadie habla mucho, hay cejas que suben como quien formula una pregunta, hay muecas faciales como de sonrisas, el bebedor empedernido dice “buena cosa”. Su joven mujer es más directa: “¿Y lo importante?”. “¿No se han dado cuenta?”, pregunta el vecino. “No todos están preparados”, interviene el desconocido. “Lo que pasa -dice el vecino- es que tenemos que decirles algo difícil de entender: Él no es quien ustedes creen que es”. “No creemos que es nadie. Primera vez que lo vemos”.
Desconocido: “No todos están preparados”.
Vecino: “Lo que pasa es que él, es Él, con mayúsculas, es Jesús, el Salvador”.
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Felipe: Jajajajajajaaaá. ¿Y ustedes? Carcajada, me imagino.
Xime: No, no carcajada, pero sí “mire vecino, nosotros respetamos lo que ustedes crean, pero no creemos mucho en estas cosas…”.
AAB: Claro, “no todos estamos preparados, rico el pisco sour” y chau.
Felipe: Es que yo me cago de la risa ahí mismo, frente al jefe de seguridad.
Nanda: Espérate, amorcito, que todavía sigue…
El vecino dice “yo tampoco creía hasta que me lo encontré, peregrinando en el camino a Potrerillos. Llegó en una nave”. Jesús intenta convencer a la joven pareja, vanamente, con algunos recursos más que dudosos, como espetar “¡tienen que creer!” o tratando de cantar con la voz de Silvio Rodríguez. AAB intenta convencer a Jesús de que no los convencerá de que es Jesús. La señora del vecino señala “no creen y están en su derecho”, ofrece disculpas y más pisco sours. Xime dice “no gracias, ya nos vamos”, AAB ya ha dicho “bueno” y se lo ha bebido de un trago.
Dice Jesús al vecino: “No creen, trae el reloj”. El vecino duda, temeroso. Jesús ordena: “Trae el reloj”. El vecino sube al segundo piso y regresa con un reloj de pulsera de esos modernos, con varios botones y manecillas. Pregunta Jesús a los vecinos: “¿Ustedes creen en mí?”. “¡Por supuesto, por supuesto!”. “¿Ustedes tienen total confianza en mí?”. “¡Claro que sí, te hemos abierto las puertas de nuestro hogar!”. “¿Me darían todo lo que les pidiera?”. “Lógico, lo que nos pidas”. Entonces Jesús sentencia: “Pero ellos no, y aun cuando estaban preparados para hacerlo no han querido creer. Apretaré el botón”. “¡No, no!”. “Una lástima, he apretado el botón; acaba de comenzar el fin del mundo; en estos momentos están subiendo las aguas en la bahía de Chañaral”. Xime: “Mejor nosotros nos vamos. Gracias por todo. Chau”.
Risas nerviosas y acalladas acompañaron el asado, sabrosísimo. El hijo revoloteaba en su triciclo mientras Xime y AAB, conversando en voz baja, se preguntaban si serían ellos -dos sencillos padres de 25 años- los culpables del término de la Humanidad. En ese preciso instante, un fuerte sismo sacudió a la Región de Atacama.
(CONTINUARÁ…)