Sewell

Una noticia que me ha llamado más la atención que aquella relacionada con la edad de la Coté López, e incluso también que la referida al otro “López” y su familia elaboradora de coca sintética, es la del antiguo campamento minero de Sewell (pronúnciase súhuel, Tomka) y su nominación como Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO.
¿Cómo tan poco gozador de los encantos femeninos?, se preguntará usted. O, tal vez, ¿cómo tan poco interesado en seguir viendo el ocaso del viejo dictador?, que a los “atributos” de asesino, torturador, exiliador y ladrón, ahora suma una nueva perla en su corbata: narcotraficante.
Lo que pasa es que esos temas sí, lo reconozco, los encuentro sabrosos, pero también los encuentro lejanos. O sea, ¿qué relación podría tener yo con esta niña López de 17 años? ¿Acaso me han visto cara de pedófilo? Por el otro lado, tampoco me preocupa tanto que “López” siga engrosando su prontuario delictual, según sostiene su ex mamo (sic) derecha. En consecuencia, y según me enseñaron en la Escuela de Periodismo de la ponticato, cuando ésta quedaba en el Campus Oriente y nuestras armas de trabajo eran unas máquinas de escribir Olivetti, a esas noticias, respecto de mí, les falta el atributo de la PRO – XI – MI – DAD.
¿Y qué, acaso Sewell es muy próximo a usted?, preguntarán si son ágiles reporteros.
Les contesto en el acto: Lo que pasa es que de los 12 años que trabajé en la Corporación Nacional del Cobre de Chile, CODELCO, dando explicaciones y más explicaciones por el bajo precio del cobre, en cinco de ellos repartí mis talentos y saberes discursivos y comunicacionales en la División El Teniente, propietaria de la ex faena de concentración de mineral y ciudad de Sewell. Y, como es lógico, en diversas oportunidades visité la “ciudad de las escaleras”, como fuere llamada durante su apogeo de los años 50 y 60 del siglo pasado, luego de un nacimiento como simple “El Molino” (1906) de la Braden Copper Mining Co., y tras su bautizo en homenaje al ingeniero estadounidense Barton Sewell, quien falleció en los orígenes de la compañía, sin llegar a conocer el poblado que llevaría su nombre y que hoy es lindo museo y atractivo turístico enclavado en la cordillera chilena, a 2.200 metros sobre el nivel del mar y a 64 kilómetros de Rancagua.
- ¿Y cómo diablos es que maneja tanto dato sobre el tema, mi amigo?
- Muy simple. Primero, porque la memoria es una de mis cualidades más destacadas y, segundo, porque refresqué esa cualidad asombrosa con la relectura de la notable página www.sewell.cl, portal que, por lo demás, fue uno de los frutos de mi trabajo en los años en que me desempeñé en El Teniente (los contenidos) y que ganó un premio de nivel mundial como estupenda web que es.
- Ah, así que sabe harto de Sewell usted.
- Algo, algo. Por ejemplo sé que doña Violeta, madre de un excepcional amigo que dirige el mejor programa televisivo de divulgación científica de Chile, nació allí, así que estamos planeando viajecito y, si la plata acompaña, con pasada a almorzar a las Termas de Cauquenes, ya que allí cocina una belga que es la mejor chef de nuestro país... Es que el tema de comer sí que me es próximo, qué quiere que le haga... Pero también sé algo más…
- ¿Qué sería?
- Que para realizar una visita a Sewell, los interesados deberán tomar contacto con alguna de las siguientes empresas que realizan este servicio: VTS Ltda. (fono: 72-210290), Turismo Cultural Ltda.. (2- 2206750), Turismo Verschae S.A. (2-2027266) y Asia Reps (2-3811777). ¿Cómo estuve?
- Ya, pero eso lo sacó de la página web. Cuente algo de la historia, sería mejor.
- Mira, Sewell llegó a tener más de 15 mil habitantes y, como en todo campamento minero, la vida allí era muy estratificada: gringos por un lado, chilenos por otro, y chilenos también divididos dependiendo de si eran empleados u obreros. Otro tema que es muy próximo a mí: en 1932 se implantó la Ley Seca en la ciudad, que prohibía terminantemente beber…
- Ah, así que usted no podría haber vivido en Sewell.
- Te equivocas. Sí podría haber vivido en Sewell. Lo que pasa es que cuando existe ley, existe la manera de eludirla, y para eso estaban los “guachucheros”, que contrabandeaban aguardiente realizando viajes muy sufridos por la cordillera, a veces partiendo desde el cajón del Maipo, a pie o a lomo de mulas... ¡Esos tipos sí que eran héroes!
¿Cómo tan poco gozador de los encantos femeninos?, se preguntará usted. O, tal vez, ¿cómo tan poco interesado en seguir viendo el ocaso del viejo dictador?, que a los “atributos” de asesino, torturador, exiliador y ladrón, ahora suma una nueva perla en su corbata: narcotraficante.
Lo que pasa es que esos temas sí, lo reconozco, los encuentro sabrosos, pero también los encuentro lejanos. O sea, ¿qué relación podría tener yo con esta niña López de 17 años? ¿Acaso me han visto cara de pedófilo? Por el otro lado, tampoco me preocupa tanto que “López” siga engrosando su prontuario delictual, según sostiene su ex mamo (sic) derecha. En consecuencia, y según me enseñaron en la Escuela de Periodismo de la ponticato, cuando ésta quedaba en el Campus Oriente y nuestras armas de trabajo eran unas máquinas de escribir Olivetti, a esas noticias, respecto de mí, les falta el atributo de la PRO – XI – MI – DAD.
¿Y qué, acaso Sewell es muy próximo a usted?, preguntarán si son ágiles reporteros.
Les contesto en el acto: Lo que pasa es que de los 12 años que trabajé en la Corporación Nacional del Cobre de Chile, CODELCO, dando explicaciones y más explicaciones por el bajo precio del cobre, en cinco de ellos repartí mis talentos y saberes discursivos y comunicacionales en la División El Teniente, propietaria de la ex faena de concentración de mineral y ciudad de Sewell. Y, como es lógico, en diversas oportunidades visité la “ciudad de las escaleras”, como fuere llamada durante su apogeo de los años 50 y 60 del siglo pasado, luego de un nacimiento como simple “El Molino” (1906) de la Braden Copper Mining Co., y tras su bautizo en homenaje al ingeniero estadounidense Barton Sewell, quien falleció en los orígenes de la compañía, sin llegar a conocer el poblado que llevaría su nombre y que hoy es lindo museo y atractivo turístico enclavado en la cordillera chilena, a 2.200 metros sobre el nivel del mar y a 64 kilómetros de Rancagua.
- ¿Y cómo diablos es que maneja tanto dato sobre el tema, mi amigo?
- Muy simple. Primero, porque la memoria es una de mis cualidades más destacadas y, segundo, porque refresqué esa cualidad asombrosa con la relectura de la notable página www.sewell.cl, portal que, por lo demás, fue uno de los frutos de mi trabajo en los años en que me desempeñé en El Teniente (los contenidos) y que ganó un premio de nivel mundial como estupenda web que es.
- Ah, así que sabe harto de Sewell usted.
- Algo, algo. Por ejemplo sé que doña Violeta, madre de un excepcional amigo que dirige el mejor programa televisivo de divulgación científica de Chile, nació allí, así que estamos planeando viajecito y, si la plata acompaña, con pasada a almorzar a las Termas de Cauquenes, ya que allí cocina una belga que es la mejor chef de nuestro país... Es que el tema de comer sí que me es próximo, qué quiere que le haga... Pero también sé algo más…
- ¿Qué sería?
- Que para realizar una visita a Sewell, los interesados deberán tomar contacto con alguna de las siguientes empresas que realizan este servicio: VTS Ltda. (fono: 72-210290), Turismo Cultural Ltda.. (2- 2206750), Turismo Verschae S.A. (2-2027266) y Asia Reps (2-3811777). ¿Cómo estuve?
- Ya, pero eso lo sacó de la página web. Cuente algo de la historia, sería mejor.
- Mira, Sewell llegó a tener más de 15 mil habitantes y, como en todo campamento minero, la vida allí era muy estratificada: gringos por un lado, chilenos por otro, y chilenos también divididos dependiendo de si eran empleados u obreros. Otro tema que es muy próximo a mí: en 1932 se implantó la Ley Seca en la ciudad, que prohibía terminantemente beber…
- Ah, así que usted no podría haber vivido en Sewell.
- Te equivocas. Sí podría haber vivido en Sewell. Lo que pasa es que cuando existe ley, existe la manera de eludirla, y para eso estaban los “guachucheros”, que contrabandeaban aguardiente realizando viajes muy sufridos por la cordillera, a veces partiendo desde el cajón del Maipo, a pie o a lomo de mulas... ¡Esos tipos sí que eran héroes!
