CARTA del Dr. Bello a sus hijos
Me gustan las cartas. Las misivas, el género epistolar. Escribí y mandé -y recibí- muchas, de toda índole. Recuerdo algunas de mi padre, para algunos de mis cumpleaños, en que me decía “le mando este billetito para que se compre un regalo de mi parte”. El regalo de parte de mi padre se lo compraba algún funcionario de correos, vaya a saber uno si de Chile o del Perú. Sobre las cartas de amor, con besos estampados en rouge y olores perfumados, no hablaré. Punto. Sí hablaré, en cambio, de la correspondencia despachada por mi mamá y hermanos, a veces con respuestas a preguntas que yo les había formulado en una carta enviada un par de meses antes. En tales casos, como ya no me acordaba de la pregunta, lógicamente no entendía la respuesta... Pero tenía su encanto esa forma de comunicación en sobre y estampillas, hoy tan desplazada por la instantaneidad del correo electrónico y el chat. Me gustan las cartas. Y he rescatado algunas, como la siguiente, de 1932, escrita en Lima por mi bisabuelo, Eduardo Bello Porras a sus hijos Andrés (mi abuelo, a la sazón de 20 años) y Carlos Bello Escribens (18), estudiantes de Medicina y Derecho, respectivamente, en la Universidad de Chile.


Contexto histórico: En 1931 llegó al poder en el Perú el coronel Luis Miguel Sánchez Cerro, lo que generó una férrea oposición, representada por los apristas en el Congreso. Fue época de conspiraciones e intentos de asesinato, incluso contra el militar presidente, lo que desató una fuerte represión. La Universidad Mayor de San Marcos (donde estudiaban mi abuelo y su hermano) vio cerradas sus puertas, lo que llevó a muchos jóvenes a emigrar del país. El 30 de abril de 1933, cuando Sánchez Cerro pasaba revista a las tropas que irían a combatir a Leticia (Colombia), Alejandro Mendoza lo asesinó a tiros en el Hipódromo de Santa Beatriz.
Don Andrés y don Carlos Bello en viaje.
Octubre 20 de 1932.
Hijos queridos: Agradablemente sorprendido con su carta a la mamá y las buenas noticias que contiene, me uno a ella para contestarles, encartando ésta con la suya.
Lo que nos cuentan del principio del viaje es muy grato, los tratan bien los oficiales extranjeros, aún pagando poco. Uds. deben corresponderles con sincera amistad sin olvidar mis encargos respecto de vino y juego. Copitas moderadísimas y de cartas nada, es muy peligroso y suele ocasionar muchos disgustos.
Parece que no se marean y me complace porque lo temía con el mar agitado del sur y la falta de costumbre. Pero la juventud vale mucho y la voluntad más.
Me contestó don Carlos Casanueva, ofrece mucho, pero si no les acomoda la pensión, disimúlenlo y agradézcanle mucho, visítenlo continuamente y den a toda la familia mil abrazos míos y de su mamá, óiganlo con mucha atención y hagan por seguir sus buenos consejos. A la señora Isabel trátenla muy cariñosos, es todo un corazón y un cerebro poderoso a pesar de los años.
Con los amigos independencia y lealtad y discreción; no los sigan en placeres tumultuosos o desordenados, excúsense aún con supuesta enfermedad.
En las aulas mucho interés y también discreción si no les agrada lo que les enseñan o no se acomodan al método, traten de todos modos de aprovechar y no perder ocasión de instruirse; Uds. tienen materia prima, inteligencia les concedo bastante, pero es preciso aprovecharla. No presuman de ciencia, gánenla trabajando a fondo, modestos sin humildad, jamás falsos como los cobardes que viven de hipocresía.
Mucho los extrañamos, pero no me arrepiento de haberlos mandado, serán viriles como quiero, fuertes e independientes; entre nosotros hay muchos prejuicios que la vida en el extranjero les suprimirá como lo deseo.
Todos estamos sanos, felizmente la mamacita se ha calmado y poco a poco se conformará, escríbanle siempre, Uds. saben cómo ella los quiere. Tu carta, Carlos es sentida y de corazón, la letra mala pero la dicción perfecta y con ideas y formas que revelan cerebro y aprovechamiento. Tú Andrés, siento cómo nos quieres y esto es felicidad.
No olviden que mi ambición no es que sean profesionales solamente, los quiero distinguidos, geniales si es posible y para ello precisa mucho esfuerzo. El genio es trabajo, constancia, voluntad, nada más. Recuérdenlo.
Hechos los gastos de entrada, pagadas las matrículas y todo lo extra que impone instalarse, hagan su presupuesto, acomodándose a lo indispensable para calcular lo que necesitarán cada mes sin miseria ni largueza. Uds. saben que no puedo mucho y avísenme para prepararme. Como buenos hijos, actúen como estando con nosotros, gobiérnense con todo juicio y no se dejen sugestionar.
Tengo fe en Uds. No me defraudarán, los quiero mucho y por mi cariño sabrán ser correctos, caballeros y serios. No desdeñen la religiosidad, harían sufrir a su madre y perderían muchos consuelos en la vida. No les digo más. Deben volver sanos y para esto otras precauciones son necesarias y las han de tomar.
Esta carta les parecerá un sermoncito laico, disimulen a su padre que insista en consejos y advertencias; de cerca o de lejos me preocupo por su porvenir y felicidad. Los consejos de padre aparentan siempre cierto dogmatismo pero contienen afecto y buena voluntad únicos. He de ser atendido.
No nos olviden, conmigo usen siempre toda franqueza y verdad, en mi corazón tienen lugar preferente, los quiero mucho.
Afectuoso y estrecho abrazo para los dos.
Eduardo Bello P.