Con mi abuelo Roberto
Gran aficionado era mi abuelo Roberto del ajedrez. Dueño de un tablero de madera de cedro, bonito, grueso y acolchado por debajo con un paño de fieltro verde, sobre el cuadriculado batallaban, por horas, sólidas piezas blancas y negras hasta “dar mate”. Eso, cuando lo visitaba alguno de mis tíos que tenían talento con caballos y alfiles, porque cuando su rival era yo, la guerra duraba poco, aun cuando este querido viejo me perdonaba errores y me daba nuevas oportunidades al son de la pregunta “¿está seguro de que quiere jugar eso?”. Entonces yo, sabedor de que había hecho una mala maniobra, decía “no” y me ponía a pensar de nuevo.
Mi abuelo se jactaba de que, una pila de años antes, había logrado hacer “tablas” con un reputado gran maestro internacional de visita en Chile. Más tarde reconocía que su mérito no había sido tanto, ya que la partida contra el extranjero había sido en el marco de una gran simultánea, lo que significaba que el campeón había lidiado contra 40 tableros al mismo tiempo. Un rato después volvía a subirse el ánimo: “Pensar que fue el único empate. El maestro ganó a los otros 39 muchachos”.
En 1972, en plena Guerra Fría, el estadounidense Bobby Fisher y el soviético Boris Spassky se enfrentaron para dirimir quién era el mejor ajedrecista del mundo. Todo el planeta estaba a la expectativa y, en Chile, las radios transmitían jugada por jugada: P4R (peón cuatro rey), C3AD (caballo tres alfil dama), y así hasta el final. Mi madre seguía las partidas por una emisora, las anotaba y le pasaba el papelito a mi abuelo (su suegro), quien me citaba a su mesa para que las reprodujéramos y aprendiéramos de los mejores. “¡Quiero ser Fisher!”, decía yo.
Fueron las únicas veces, en toda mi vida, que pude vencer a un rival de ajedrez.
Pelotas
Mi abuelo era también fanático de otros deportes. Y gran impulsor de que su nieto mayor, o sea yo, los practicara. Sin mucho éxito, lo reconozco. Igualmente, hasta hoy le agradezco sus esfuerzos por convertirme en un deportista cabal. Recuerdo mi primera pelota de fútbol ¡de cuero!… A las pocas semanas, de tantos chutes y golpes incesantes en la pared externa de la casa, ya no le quedaba ni una gota de su clásica pintura de pentágonos en blanco y negro. Así, ya no era tan linda como cuando estaba nuevita y “durmió” conmigo junto a mi almohada. Pero eso no me importaba tanto. Después comenzó a pasar las noches afuera, en el patio, y cuando llovía era tanta la humedad absorbida por el cuero, que esa querida pelota pesaba el doble. ¡Y éntrele usted a cabecear a una condenada de, qué se yo, 10 kilos! Más tarde, los puntetes y aristas del muro la fueron descosiendo: se le veía el blai. Por ahí salió un chupón y, un mal día, se reventó la pelota.

Quizás Roberto consideró que no era muy bueno para el fútbol, porque apostó por otra disciplina: el tenis. Entonces, me regaló un racket de madera (Dunlop – Maxply, se llamaba), apretado por unas prensas con pernos y mariposas. Y vuelta a usar la pared como receptáculo de mis disparos. Niño gozador, lo que más me gustaba del tenis era abrir los tarros de pelotas nuevas y olfatear hacia adentro. Huuummm, qué delicia: un aroma único e insustituible.
Pirómanos
Así como he contado cosas muy positivas de mi abuelo Roberto, también es justo que cuente algunas malas. Era un fumador empedernido, este señor médico. Y cuando alguien le reprochaba su vicio, alegando que dañaba su salud, contestaba: “Ya he pasado con creces el promedio de vida de los chilenos, así que cuando me muera será de viejo, no de fumador”. Punto.
El viejo encendía sus cigarrillos con un fósforo que, después, depositaba todavía prendido sobre un cenicero de piedra. Y se quedaba observando la llamita que disminuía su tamaño hasta desvanecerse por completo. Yo, curioso como el que más, le preguntaba por qué hacía eso, y su respuesta era breve, escueta: “Parece que tengo alma de pirómano”.
En una oportunidad tuve que construir, para el curso de Manualidades de mi colegio, un fuerte. Sí, una de esas fortalezas del far west que suelen ser atacadas por los indios apaches y sus flechas. La “obra”, armada a base de palitos de helados, algunos cerillos y ramitas secas, me quedó de lujo; si mal no recuerdo me saqué un 7, así que llegué feliz a la casa a mostrarle a mi abuelo mi talento. “Lo felicito, muy lindo”, me dijo, “y ahora ¿qué va a hacer con el fuerte?”. “No sé”, respondí. “¿Qué tal si hacemos que lleguen de verdad los indios?”.
Al rato, figurábamos los dos en el patio, observando en silencio como mi trabajo manual ardía por los cuatro costados.