Cerrado por picnic
Aun siendo verano, esa tarde las calles de Providencia se asemejaban a la imagen que uno se forma de la city de Londres al leer las aventuras de Sherlock Holmes. Una tibia bruma, espesa, había bajado de sopetón sobre el concreto urbano, dejando más arriba los cielos límpidos de las horas previas, y había hecho que los conductores más cautos encendiéramos las luces de los vehículos. Era un día extraño, como ahumado; incluso por la radio conversaban acerca de la sorpresiva neblina en pleno diciembre, del manto lechoso que había caído sobre la ciudad. “Me atrevería a afirmar que se va a largar a llover”, dijo uno de los locutores en el instante en que yo llegaba a la intersección de Los Leones con Bilbao, donde reduje la velocidad para acceder a la playa de estacionamientos del restaurante chino que hay en esa esquina.
Muchas veces hablo solo cuando voy en el auto, lo reconozco, y más son las veces en que les respondo a los charlatanes del dial, o que me río de las sandeces que emiten: “Ja, lluvia quiere este pelotudo”, dije, y recordé (a propósito del tema) cuánto disfrutaba mi abuelo, una pila de años antes, un dibujo de Lukas en El Mercurio, en que en medio de un clima infernal de relámpagos y aguacero furibundos, un cartelito dispuesto en la fachada de la Oficina Meteorológica anunciaba: “Cerrado por día de picnic”. En eso pensaba –en las carcajadas de mi abuelo ante el humor de Lukas, pero más en la tontera que había dicho el locutor– muy poco antes del episodio que tuve con la mujer gordita de la cara estigmatizada por el acné.
La playa de estacionamientos se veía llena. Sin embargo, el tipo que cobra por hacer como que ayuda en la maniobra –el del déle-déle, pare-pare– me señaló un lugar, al fondo. No era un espacio completo, sino algo así como un cuatro quintos de espacio, menoscabado en su integridad por una camioneta van que rebasaba la demarcación que le correspondía. Va a ser difícil que pueda bajarme, pensé, pero no me arredré y acometí la tarea de aparcar entre la camioneta desconsiderada y el muro, siguiendo los déle-déle por atrás y optando, adelante, del lado de la van, por ese toque sutil que en chileno conocemos como “golpe avisa”.
- ¡Ey tú, ten cuidado! –empezó la mujer del acné, acercándose nerviosa, con su compra de comida china en las manos–. ¡Me has chocado la camioneta!
- Oiga, relájese, si apenas la he tocado –dije con calma–. Tenía muy poco espacio…
- ¡La tocaste…, chocaste la camioneta de mi marido! –alegó y, furiosísima, puso su compra y su cartera sobre la tapa del motor de mi auto. Después se agachó y miró el parachoques de la van como si se tratara de Hiroshima y su hongo, pero no había sido nada. Algo menos nerviosa tras verificar que no había ni una sola marca en la zona de contacto, esa mujer, con su cara tan marcada por el acné, tan complicada frente a nada, gordita pero frágil, todavía con algunas pequeñas convulsiones que le cimbreaban los hombros como un volantín a la deriva, me pareció una mujer embarazada.
- Relájese… ¿ve que no ha pasado nada? –dije–. Además, en su estado, no le conviene pasar malos ratos…
- ¿Qué estás diciendo? –gritó.
- Que se relaje. Le puede hacer mal a su guagüita…
Todo sucedió junto. Los ojos de la mujer soltaron lágrimas gruesas que fueron siguiendo las huellas que el acné había trazado en su cara…, y se largó el aguacero. Una especie de flashazo celestial antecedió a un trueno, bronco, que remeció los cristales del restaurante chino, y de los escaparates de toda Providencia. Era el diluvio universal.
- ¡No estoy embarazada! –lloriqueó junto a mi ventana y, entre hipidos, empezó a explicar algo: “Lo que pasa es que…”. Entonces vio que su cartera y la bolsa plástica se estaban mojando sobre el capó y fue a recogerlas. El cielo bramó nuevamente y también nuevamente me pareció ver en la mujer un volantín llevado por el viento hacia el azul y, al mismo tiempo, empujado por la fuerza de la lluvia hacia el suelo. Esa fragilidad, o qué habrá sido, me enterneció. La mujer de la cara marcada me pareció hermosa cuando llegó a mi lado junto a la ventana, donde retomó: “¡No estoy embarazada! Lo que pasa es que… ¡Qué tengo que estar dándote explicaciones!”, gritó con desequilibrio, y al ver que su compra estaba empapada –lo comprobó metiendo su mano en la bolsa– me arrojó sobre la cabeza el saquito de papel con los wantanes.
- Linda –le dije.
Enfadada, se dio media vuelta y se dirigió con paso resuelto al restaurante, con todo el ánimo de reclamar y distribuir su congoja.

No sin complicaciones (la sorpresa me había entorpecido y maniobraba el auto tratando de evitar un nuevo golpe-avisa de la van) llegué al acceso de la playa de estacionamientos. La lluvia golpeaba embrutecida el parabrisas de mi auto, y si uno la miraba a la altura de los focos, parecía una cortina de cuchillos circenses, punzantes y veloces, que rebotaban sobre el asfalto y disparaban nuevas gotas de lluvia hacia la altura. Una larga hilera de automóviles pretendía avanzar por Los Leones, la avenida que obligadamente tenía que tomar. Está la señalización de cruce, me dije, imaginando ese entramado de gruesas líneas amarillas que la baja niebla y la fuerte lluvia me impedían ver. Al ubicarme en la salida y pretender insertarme en el tráfico, un Volvo me impidió la acción. ¡Qué gente menos civilizada!, pensé molesto, esto sólo pasa en los países subdesarrollados.
Al fin salí de esa esquina avanzando un tramo por la acera. La potencia de la lluvia había disminuido, pero aún se filtraban algunas gotas dentro de mi auto, así que cerré completamente el vidrio. Un par de cuadras más allá, en una callejuela tranquila y de árboles majestuosos, detuve mi coche junto a la vereda y apagué el motor. Las personas que andan en auto están cada día más raras, mascullé. Luego, encendí la radio, volví a recordar la risa de mi abuelo y me di un picnic con los wantanes húmedos que me había lanzado la mujer, bastante pasables con un poco de soya.