Entre palabras y miradas ( IV )

¿Qué me mira tanto este gil de cuna? ¡No vaya a ser ahora que se ha dado cuenta de la pres-ti-di-gi-ta-ción con sustracción! Ah, no, éste sigue maravillado con la Rosaliíta, si poco falta para que me dé un empujón porque le tapo a su conquista. Buen trabajo, sobrina, buen trabajo, pero ni pienses, ni se te ocurra pensar que te voy a subir la comisión. Tan linda y tan viva que me saliste. “Cuando vaya a La Ligua, amigo, pregunte por Víctor Cortés, nomás; allá todos me conocen. Ahí le muestro la parcela, que es una lindura”.
Ay, el tren todavía ni se ha detenido y mi tío Víctor, todo ansioso, ya recoge su equipaje. ¡Equipaje!, jajajá, no sabré yo que ese bolso está lleno de hojas de diario arrugadas, pedazos de papel y un par de pañuelos viejos. ¡Si yo misma lo armé!, todo para que este viejo tacaño no venga sólo con lo puesto y, en cambio, parezca un viajero. ¿Y qué le pasa ahora? Ya se despidió y sigue habla que te habla, no le para la lengua. Tan nervioso que va, por él se tiraría con el carro en movimiento; claro, como fue trapecista…
- “Ahí está” –susurro. Y recuerdo la larga fila de por la mañana en el banco de Rancagua. Después, el grueso vidrio entre medio, y la cajera que revisa el cheque y me mira. ¿Hay desconfianza en su mirada? “Tenemos que consultar el documento. Espere al lado de la fila, por favor”. Claro, son 4.000.000 de pesos. Cuatro palos. Al poco rato, un par de minutos, empiezo a irritarme: estos del banco delatan al que cobra una buena cantidad, pienso. O sea, si aquí me ve un ladrón, esperando a un costado de la fila, ya sabe que voy cargado de billetes. “¡Oiga, ya pues, linda!”, le exijo a la cajera que tiene una cara de pánfila que no se la puede, justo cuando, por detrás de ella, llega una joven ataviada de uniforme y piocha del banco, con un lindo busto generoso y mi cheque autorizado. Mientras la cajera cuenta y cuenta los cuatro millones en billetes de 20 mil, me agacho con disimulo para ver el rostro de aquella auxiliar que posee tan armoniosa anatomía. Es una morena graciosa, con sus pestañas largas y negras sobre unos ojos como de gato y una boca bien dibujada. La joven se pierde tras una puerta interior, recibo mi dinero, cuento los veinte montoncitos de diez y salgo del banco, nervioso, empuñando en el bolsillo el fajo de billetes con el rostro de Andrés Bello, mirando receloso a quienes caminan cerca, no vayan a ser ladrones. Es inseguro llevar estas lucas en la billetera, pienso.
Los pasajeros bajan del tren, Cortés entre los primeros, menos mal.
La morena, con su Y en el sobrepecho, se me acerca.
-Debería tener más cuidado –me dice.
-¿Perdón?
-Que debería tener más cuidado con sus cosas –reitera. Y agrega: Me parece que el hombre que le conversaba, ¿es su amigo?, anduvo intruseando en su abrigo. ¿No se fijó en que le hacía gestos para avisarle?
Me reviso y siento, palpo, la bolsita plástica con los 4.000.000, que llevo entre los pantalones y la piel, junto a los testículos. “No me di cuenta”, digo, “pero el amigo no se llevó nada”.
-Me parece que le sacó su billetera.
-Gracias, de todos modos –digo. ¿Tienes algo que hacer? Te invito unas cervecitas por aquí cerca.
-¿Está seguro de que no le han robado? –insiste.
-Sí, me han robado, pero sólo pedazos de papel y un par de pañuelos viejos. Ah, y una billetera de plástico imitación cuero.
FIN