16 de agosto de 2001. El Salón de Honor de la Municipalidad de Santiago está colmado de gente. El presidente de México, Vicente Fox, será declarado huésped ilustre de la capital chilena y el alcalde Joaquín Lavín Infante (JLI), con perlitas de sudor entre nariz y boca en pleno invierno, reflexiona: “Qué buena oportunidad. Aquí me luzco”.
Un par de días antes, el ex danzarín de Música Libre y constante asesor y goma del edil, le ha entregado una propuesta de discurso. Lavín, canchero, lo aparta de su escritorio: “No pus Romo, si tú sabí que a mí me gusta ser espontáneo y hablar con las palabras que usa toda la gente”.
El día del acto solemne, parado frente a Fox, con sus anteojos, sonrisa y mofletes medio metro más abajo del señorial mostacho de este mexicano tan espigado, el alcalde inicia su improvisación: “Es para mi un gran honor, Presidente, hacerle entrega de las llaves de la ciudad de Santiago de Chile”. El hombre se está expresando bonito, cuenta de desafíos e intereses comunes y, un minuto y medio más tarde, se lanza con el remate de su alocución: “México lindo y querido, decimos en Chile, Presidente Fox, porque en Chile queremos mucho a México y a los mexicanos; especialmente a aquellos mexicanos que han dejado huellas en Chile…”.
(Aquí es cuando Fox pensó en el trío Rivera, Orozco y Alfaro Siqueiros, quizás en Rufino Tamayo; aquí se le vinieron a la mente Juan Rulfo, Octavio Paz, Carlos Fuentes…).
Lavín: “… y estoy pensando y se me viene a la mente Chespirito, que nos ha dado tantas alegrías con su personaje de
El Chapulín Colorado”.

(Aquí es cuando Fox forzó una sonrisa diplomática. El público lavinista rió celebrador. Una hermosa mujer se tapó la cara ruborizada. La transpiración fluyó a borbotones del rostro del edil).
Huelga decir que este bloguero profesa la mayor admiración por el prolífico dramaturgo y genial comediante don Roberto Gómez Bolaños, Chespirito. Ahora bien, al héroe mencionado por el ex alcalde y eterno candidato presidencial chileno, lo encuentra jocoso por lo tonto y torpe que es (prefiere cien veces al Chavo del 8), mismos atributos que le resaltan del postulante a la primera magistratura criolla. En consecuencia, se larga con una suerte de paralelo entre ambos personajes, aun sabiendo que esto puede molestar a muchas personas, entre ellas sus amigos (del bloguero)… (también de Lavín)… (¡¡¡y de Chespirito!!!).
¡Síganme los buenos!
1980. JLI es director de la Escuela de Economía de la Universidad de Concepción y lanza su libro “El Enriquecimiento de las Personas en Chile”, ópera prima que antecedió a “Revolución Silenciosa” y que postula privatizar absolutamente todo. Con 26 años y peinado a la glostora, este Chicago boy está orgulloso de su obra, así que parte a La Moneda y se la entrega oficialmente a Pinochet. Luego, declara: “Este gobierno con esta política ha contribuido a eliminar gran parte de los problemas que el libro señala y es el Presidente de la República quien se ha mantenido en esa línea aunque muchas veces su política resultara impopular. Por eso, yo, como un homenaje a él, le entregué mi libro. Es un homenaje al Presidente”.
Todos mis movimientos están fríamente calculados…
2005. JLI es candidato a la Presidencia y asiste al Canal Regional de Concepción con todas las ganas de expresar “preocupémonos de los problemas reales de la gente”. Los periodistas le preguntan por las cuentas secretas de Pinochet en el Banco Riggs (‘lo sospeché desde un principio’, medita) y las luces de las cámaras delatan una especie de rocío sobre su boca cuando enuncia la frase que traía preparada: “Siento una desafección cada vez mayor con lo que fue ese período de nuestra historia”. El tipo se halla incómodo ante la fortuna ilícita de aquel a quien regaló su trabajo literario. “Creo que aquí se ha roto una tradición de los presidentes de Chile: se iban a la casa con menos plata”, se lamenta.
¡No contaban con mi astucia!
Período 1980-2005. JLI ha detentado varios cargos y ha tratado, sistemáticamente, de preocuparse de los problemas reales de la gente. En efecto, en el escenario de una sequía re problemática, el hombrón pidió ‘calma, calma, que no panda el cúnico’ e intentó un curioso bombardeo de nubes a través de avioncitos. De lluvia, nada. A falta de agua, años más tarde vio que la gente sufría por la mediterraneidad de Santiago en pleno verano y construyó una playa (250 millones de pesos), y en pleno invierno, reparó en que el problema real era la carencia de nieve para hacer monitos y la trajo (300 millones de pesos). ¿De dónde sacó la plata para esas distintas formas de H20? JLI vendió los derechos de agua de la comuna, de manera que, en la actualidad, la Muni debe pagar mensualmente 400 millones de pesos por consumo del líquido y vital elemento, que antes le era gratis.
La astucia de JLI ha incluido: Plan de Seguridad (torres de vigilancia, botones de pánico, guardias en bici, etc.), por 3 mil millones anuales; Plan “Pololo” (trabajillos menores), caro y fracasado; Torre del Bicentenario, Sala subterránea del Teatro Municipal. “¿Dónde están?”, se pregunta usted. Es exactamente lo que iba yo a decir.
Sí me atreeevooo…, si me atreeevooo…
2003. JLI es alcalde de Santiago y llega a su despacho del Palacio Consistorial, con Romo, después de haber escuchado la misa diaria a que está preceptuado por su condición de miembro del Opus Dei. Junto al par, y según lo acordado previamente, llega el Team Barón Rojo: un grupo de hembras en tanga súper tentadas de la risa. El edil posa junto a ellas y, sudoroso, tembleque, se atreve: toma un plumón y estampa su firma en el bien torneado pernil de una de las mozas. La algarabía reina en el edificio del kilómetro 0. ‘Se aprovechan de mi nobleza’, cavila Lavín y, tras la retirada, cuando el glúteo de la última chica se pierde tras el umbral, asevera risueño: “¿Viste, Romo, que soy más liberal que Trivelli? Porque a él su mujer no lo dejó solo ante las niñas del café. Hasta le toqué las piernas cuando le autografié la pantorrilla”.
Mis antenitas de vinil están detectando la presencia del enemigo. 2005. JLI persevera como candidato a La Moneda. A juzgar por la adhesión ciudadana, todo parece indicar que se ha tomado una pastilla de chiquitolina.

Empero, el hombrecillo afirma estar seguro de que va a ganar y se agarra, cual si fuese su chicharra paralizadora, del tema de la delincuencia. ‘
Ya lo dice el viejo y conocido refrán…’, piensa, ‘… ladrón que roba a ladrón, la tercera es la vencida. No no no: árbol que crece torcido, lo mandamos a una cárcel-isla. No no no: camarón que se duerme, se resfrían los delincuentes…
Bueno, la idea es esa. Y el Cuajinais y el Tripaseca tiemblan frente a este héroe y su chipote chillón.